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     Cuentan de García Márquez que una noche, una de las muchas que pasó escribiendo Cien años de soledad, llegó a la cama llorando. Entonces Mercedes comprendiendo su pena le abrazó la espalda y le susurró:

     -has matado al coronel

y Gabo entre sollozos:

     -he matado al coronel

 

   Si fuéramos personajes suyos, si el destino nos tratara tan bien como él a todas sus criaturas, esta semana García Márquez lloraría porque se jubila el que durante diecinueve cursos ha sido el coronel del Joaquín Sama. En esos años ha compaginado la dirección del Centro con las clases de Geografía e Historia, ha escrito algún libro de Sociología y artículos periodísticos de opinión, y ahora tiene una novela a punto de publicarse. No podemos decir que haya perdido el tiempo.

 

     Juan Antonio llegó al Joaquín Sama cuando las cosas aún no tenían nombre y había que señalarlas con el dedo y, como el coronel, ha tenido que salir alguna vez a la ciénaga a librar las guerras que le tocaron. Las veces que ganó, como él mismo ha reconocido, fue siempre gracias a que tuvo en el frente de batalla a auténticos profesionales que con su buen hacer le permitían mantenerse en un segundo plano, preservando así su autoridad. Como todo buen docente intentó infundir en sus alumnos el pensamiento crítico, y trató de dejar en ellos la huella indeleble de la búsqueda de la verdad, y es cierto que aunque en ocasiones no lo consiguiera, sí era patente el cariño y el respeto con el que los niños le trataron.

 

     Sociólogo siempre, sociópata a veces, amante de la buena música y de las buenas letras, querido en muchas ocasiones y odiado en otras, supo hacer lo más difícil: ser el coronel sin necesidad de decir “yo soy el coronel”.

 

     Esta semana se retira a labrar sus pescaditos de oro, y estos despachos, estas aulas, estos pasillos y nosotros mismos, todo lo que un día fue Macondo empezará para él a ser Comala.

     Buen viaje de regreso.

 

J.Escalona